La poética emergida de los escombros

De Obed González


En 1985 la ciudad fragmentada por el sismo del 19 de septiembre se sumergió en una depresión colectiva, pero a la vez en la reflexión, en la consciencia de que había perdido una parte de la memoria. En la zona Oriente del Distrito Federal, donde también tiene alcance el municipio de Nezahualcóyotl del Estado de México, las casas se sumieron quedando puertas y ventanas asimétricas a consecuencia de que la tierra se abrió a mitad de las viviendas: El ulular de las ambulancias, los gritos de las mujeres, cuerpos desnudos abrazando infantes sobre el cuarteado asfalto, hombres descalzos levantando gente, lloros y angustia reflejados en los charcos de las banquetas: lodo donde se esculpió el día quebrado. Al paso de los días en los registros de agua de las calles, adolescentes inmersos en ellos extraían el líquido para los pobladores de las colonias. En las fugas de La Aragón la gente se arremolinaba para llenar cubetas, botellones, bidones y tambos. Personas desconocidas ante lo desconocido se conocieron y colocaron sus necesidades en proyección de los demás que eran todos, nosotros. Los camellones de La Calzada Zaragoza comenzaron a poblarse de viviendas de cartón donde personas sin casa se alojaron. La psicosis permaneció en la población, cada instante era un siniestro movimiento de tierra, como lo manifiesta el cantante de Real de catorce, José Cruz:

Marcha de tiempos trágicos   
en los patios y atajos   
las aves encendidas se nos vuelven muertos  
y estallan por la boca más herida
.

Aquel 19 de septiembre fue un vendaval que arrasó con ricos, pobres, mujeres, hombres, niños, ancianos, alcohólicos, santos, abstemios, trabajadores, haraganes en un torbellino revuelto de voces y rostros. Fue un día que no se pudo vaticinar, que pasó como un Abbadón, un ángel exterminador que no avisa para realizar su trabajo. Este día no se pudo visionar, aunque tal vez si intuir a través de la vibras del mundo, del sonido que va introduciéndose en todos nosotros a través de los átomos que somos: cuerdas vibratorias que nos mantienen en armonía. Se intuye a través del sonido, a través de la música como lo intuyó meses antes el llamado Profeta del nopal mientras leía a La familia Burrón, el ingenioso Rodrigo González:

Era verdad que llovía: proletarios y colchones,
sanchos, rameras y artistas, burócratas por montones,         
gandallas y atracadores jugando a pares y nones.
No, no estoy loco señor se lo puedo demostrar,
yo soy fulano de tal y vivo en aquel lugar.

 Intuición que en 1953 Juan Rulfo tuviera y la escribiera en el cuento “El día del derrumbe”:

            – Esto Pasó en septiembre. No en el septiembre de este año sino en el del año pasado ¿O fue el   antepasado   Melitón?

            –No, fue el pasado.

            -Sí, yo me acordaba bien, fue en septiembre del año pasado. Óyeme Melitón, ¿no fue el veintiuno de septiembre el mero día del temblor?

             -Fue poco antes. Tengo entendido que fue por el dieciocho.

La literatura y la música nos pueden mostrar la acción de traspasar el tiempo y el espacio a través de la imaginación y la sensibilidad, éstas que trasciende la misma lógica y que cuando no son expresadas a través del arte se manifiestan a través de la empatía que produce la destrucción. Empatía que fue mostrada durante estos años de reconstrucción y que se expresó de distintas formas, pero todas con el fin de sanar a la ciudad y en el área de las artes no fue la excepción:

La subasta Pro-reconstrucción de la Cuida de México, efectuada en el Museo Carrillo Gil los días sábado 5 y domingo 6 de octubre, fue un verdadero maratón, un espectáculo histórico, un descubrimiento de aspectos poco calibrados en el mercado del arte, una consolidación del producto artístico como bien que por un lado enaltece y que por el otro constituye una inversión. Sobre todos estos factores se encuentra otro aún más importante. Cohesionó y dio cauce a la necesidad de participación en un duelo que sobrellevamos todos (México en el arte, INBA/SEP. México. 1986, p. 88).

Entre aquellos escombros que dejó la hecatombe también emergieron los espíritus de la resiliencia y se manifestó de una forma espontánea. Como una idea fraguada del polvo se visionó el redescubrimiento de la misma sociedad, como también lo percibió Fabrizio Mejía la Madrid y toda la generación del terremoto:

De los usos de la resistencia civil Monsiváis llegaría a invadirnos con un concepto que opera en la realidad justo cuando se le nombra: ahí donde, en el terremoto de 1985, todos veíamos derrumbes y las ruinas de lo que fuimos, él asestó el término “sociedad civil”. El término llegó a fundar a la propia sociedad civil mexicana que pidió el espejo prestado para reconocerse (Mejía Madrid, 2006).

En las sociedades como en los individuos ante la catástrofe se aproxima la oportunidad de emerger en otros. Ante la devastación el instinto de vida brota y la necesidad de transformación se convierte en significación de existencia. Se va construyendo una hermenéutica en el interior que se proyecta hacia afuera para transfigurar el lugar donde antes se residía para ahora habitarlo. Se abandona de antiguas historias y crea nuevas donde la realidad se confronta con la imaginería. Aunque en algunos, los menos, es la oportunidad de justificar su decepción por el mundo. Ante el vacío la poética se presenta como algo espontáneo y real. Existe la posibilidad de evolución, de creación. El humano se desdobla y se afronta a él mismo para desafiar al otro que juzga ser al sumergirse en aquella realidad que ha colapsado su condición que es tiempo y espacio, memoria y regresión, origen, choque entre lo que se cree ser y lo que se es. Se parte el humano para habitar en el mundo de lo construido, de lo palpable, de lo material y a través de andar por ese mundo visiona otra realidad donde lo inefable es algo vivo que lo invita a habitarlo, pero tiene que pasar primero por ese mundo superfluo y materialista para lograr visionar la otra realidad. Se crea el mundo de las ideas para aceptar a la creación, como confiere el poeta Jaime López:

…Cómo esos amantes aman,                                                                                                                                              
cómo han logrado ser un concierto de acciones gloriosas,                                                                                                                                              
como la más mínima palabra sería un golpe insoportable,                                                                                                                                               
un viaje letal y repentino a la cruenta realidad.                                                                                                                      
Cómo el calor irradia de ellos y son el núcleo del placer y el deseo

Frente a un evento devastador en cierto tipo de personas la separación de sí mismos los expulsa a ocupar el infierno, este que se crea dentro, donde juzga a los demás responsables de su tragedia, donde se percibe lanzado al vacío por el cosmos, por lo infinito. A la vez que percibe la coyuntura hacia otro camino, la oportunidad de desviar su destino hacia el otro lado, hacia el de la poética, hacia el de la vida: la unificación, significación y reafirmación como sujeto espiritual, parte indispensable de la creación, donde se percibe parte de un todo, como escribe el poeta Juan Bañuelos:

Y bajo el puente hecho de sombras

los bronces rechinantes de los quicios

de esta vieja ciudad

algo te dicen:

también las cosas lloran

En otros casos, los cuales no son pocos, sólo es el pretexto para cobijarse bajo la sombra propia de su nadería, aquella donde se aloja la destructividad. Es el arrojarse hacia otros y aplastarlos para crear un imaginario donde se es ídolo y señor, donde sólo se es la borrosa representación de esa misma imaginería. De aquellos que observan esta circunstancia desafortunada de otros como la confirmación de su desprecio por el mundo.

De frente al desastre, en las devastadas calles se expresa la transfiguración del humano, injerta en el fondo de los ojos la derruida ciudad lo reestructura, otros le irrumpen desde adentro, es una dialéctica de la calle y se sabe una piedra más en el páramo, algo arrastrado por el viento como lo connota el poeta y cantante José Cruz:

Nadie puede desafiarnos en la sombra impregnada, en la palabra que transcurre, en el beso aterido armamos el argüende para echarnos encima la rebeldía y encarar las calles que ayer temimos. Hay quien dice que este es otro país, la nueva tierra despierta. Yo digo que es una fruta, una nuez, la luz de todos los sueños.

El universo se creó a través de la devastación: Y primero fue el caos, decían los trágicos griegos. La teoría del Big bang nos confiere que a través de un gran estallido el caos transformó en vida. A través del caos los individuos y sociedades transmutan en movimiento y drama, acción que va creando a la memoria.

La poética, proveniente del caos

La poética es ese gran estallido que se sucedió en el infinito, en la nada. En ese lugar donde se presenta el caos, donde todo está fragmentado. Al crearse el conflicto estalla y emerge de él el universo fragmentado y se va unificando a través de la poesía que es la que le va dando un orden y unidad. La poética es extraída de la nada, al igual que la belleza, la armonía y el discurso que se extraen de la nada, del interior del poeta, en ese lugar que cualquiera pensaría que sólo existen vísceras, sangre y músculos, de ahí proviene la poesía. La poesía brota de la nada aparente y la poética la va estilizando hasta convertirla en algo significante. La poética existe en todas las ramas del arte y también en la palabra, somos a imagen y semejanza con el creador, somos palabra en acción, somos verbo que deviene en hecho para construir la historia. El poeta es un creador, etimológicamente ese es el significado de la palabra poeta.  La poética se manifiesta a través del vacío que es silencio y sombras como se le manifestó alguna vez al sublime Stèfane Mallarmé al ser víctima de una hipertrofia cerebral que lo arrojó por unos instantes al mundo de las tinieblas y del dolor donde pudo quedar prisionero. Experiencia que le manifestó en una carta a su amigo Henri Cazailis en 1866:

Acabo de pasar algo terrible: mi pensamiento se pensó y llego a una concepción pura. Todo lo que la contrapartida, ha sustituido mi ser durante esta larga agonía es inenarrable, pero felizmente, estoy muerto por completo, y la región más impura en la que puede aventurarse mi espíritu es la eternidad: mi espíritu, ese solitario habituado a mi propia pureza, al que ya oscurece ni siquiera es reflejo del tiempo (…). Es como decirte que ahora soy impersonal, y no el Stèfane que tú conociste, sino una aptitud que tiene el universo espiritual para verse y desarrollarse a través de lo que fue mi yo (1976, p. 312).

La alteridad se presenta y nos sabemos otros, esto es parte de la poética, es la conciencia de la creación de uno mismo. Aquello a lo que la cultura moderna teme: el saberse otro que la razón no comprende y el cual también somos. Esta experiencia nos lanza al vacío de nosotros mismos donde nos reconocemos como una nada para ser: vuelco en el interior que nos voltea la piel para mostrarnos músculos y vísceras, dolor de ser. El saberse otro es el inicio hacia la revelación poética y, que al igual que a Mallarmé, también causó temblor en el interior de Octavio Paz:

Ser nada: ser todo: ser.

Fuerza de gravedad de la muerte,

olvido de sí, abdicación y,

simultáneamente,

instantáneo darse cuenta de que esa presencia extraña es también nosotros.

Esto que repele me atrae.

Ese otro también es yo.

Este suceso poético escrito por Paz es la misma vía que proyectó a Mallarmé a aquella revelación otrora a través de la carne que simboliza lo terreno y que a Eugéne Lefébure le expresa en una carta: “… pero en lo sucesivo serán confrontados con la nada y la muerte, de donde sólo pueda nacer lo absoluto”.

Lo mismo sucede en las sociedades ante la destrucción, quienes sobreviven se convierten en seres resilientes, seres con una personalidad más resistente y que forman una nueva sociedad más fuerte y hábil que busca evolucionar, como lo reflexionó al escarbar a fondo en el tiempo Robert Redfield en el libro El mundo primitivo y sus transformaciones:

Con la excepción de unos cuantos sobrevivientes aislados el surgimiento de las civilizaciones transformó a los pueblos. Podemos pensar que la civilización es una reformación del hombre en la que el tipo básico, el hombre tradicional se altera y convierte en otros tipos (…). Estas son nuevas clases de hombres, no sólo porque han encontrado nuevas formas de sustento económico, sino porque, en la mayor impersonalidad de sus relaciones con otros y en su relativa independencia de la comunidad de la aldea, con su cultura local y su “mirar hacia dentro”, estos hombres de la ciudad tienen una nueva concepción del mundo y un nuevo estilo esencial de vida (Redfield, R. 976. pp. 46-47.

Redfield al referirse a la civilización se refiere a la comprensión del lenguaje, a todo lo que este conlleva, donde están incluidos códigos que van estructurando valores morales para el respeto entre los miembros de la misma comunidad y que ulteriormente transformarán en normas de conducta. En ocasiones confundimos la civilización con la tecnología y distan mucho de parecerse, la tecnología funciona para cierto fin, este puede ser positivo o negativo. La civilidad es proporcionarle a ese fin de la tecnología un uso para beneficio de los hombres, la naturaleza y todo lo que signifique vida. Comprenderse con otros:

A finales del siglo XX, se llena uno de espanto ante un espacio que escapa a todo control, que parece dotado de una fuerza de reproducción autónoma y una energía voraz, un espacio que ya no emana del hombre. La imagen que resulta de las descripciones actuales de la “patología humana” es la de un cáncer que carcome el espacio o de un pulpo que devora hombres. Quizá se trate de una segunda revolución de los modelos urbanos: la ciudad, que siempre había sido la expresión misma de la civilización, parece convertirse en un símbolo de inhumanidad, barbarie y salvajismo (Monnet, J. 1990. P 761).

Cuando la piedra es un objeto amorfo el poeta —en este caso el escultor— comienza a cincelarla, a fragmentarla, a demolerla en pequeños trozos con dedicación y paciencia para que de ese polvo se vaya creando un sueño de donde poco a poco emerja una figura de belleza y perfección. Ésta que estaba prisionera dentro de aquella roca, el poeta la extrajo para que dejara de ser un objeto sin sentido para ahora ser algo que signifique, algo que cause un movimiento dentro de quien la aprecia. Lo mismo sucede con el lienzo en blanco del pintor y con el vacío de la hoja de papel en la cual el poeta creará otros mundos. Entre la desesperación y la angustia emerge el caos y en ello va implícito la poética sólo es cuestión de descubrirla, de percibirla. Al percibirla a través de ese cúmulo de oscuras sensaciones que provocan un suceso dramático y terrible las sociedades y los humanos comienzan a descubrirse, a tomar conciencia:

Al descubrir que uno llevaba trece años de existir sin saberlo. Peor aún; que los otros lo sabían. Descubrirse descubiertos: hay algo parecido en el despertar de la conciencia individual, de la conciencia americana o de la conciencia poética. Se dice que la poesía moderna, a partir de Baudelaire, ha tomado como nunca conciencia de sí misma. Baudelaire no se pierde en la locura como Hölderlin, o en la muerte como Novalis, sino en su propia lucidez. En la conciencia de ser otro, conciencia que, en vez de liberarlo, lo enajena (Zaid, G. 1965. p. 69).

En el lenguaje va implícito la poética y también el caos, por consecuencia a través de él se puede crear y destruir otras realidades, se puede construir y devastar otros mundos y con el mismo lenguaje volver a construirse otros. En el poema las palabras se crean, se deshacen y se vuelven a crear. Somos poemas trazados y medidos que viven en constante construcción.

Ante la devastación renacemos en otros y al igual que escribe Octavio Paz vislumbramos la poética por una pequeña hendidura del tiempo y del espacio, llegamos a la revelación poética y ésta es el amor y en él cabe todo como lo percibe y canta Jaime López:

 “En toda la extensión de la palabra amor, además de la alcahueta, caben tríos y parejas, burros, víboras y gansos, los de uno y otro bando, hermandades y mecenas es más cabe hasta la suegra en toda la extensión de la palabra amor”.

Referencias

Bañuelos, J. El viaje en otoño. México en el arte. No. 13. INBA/SEP. México.

Pro-reconstrucción de la ciudad de México. México en el arte no. 11. INBA/SEP. México. 1986.

Mejía Madrid, F. Carlos Monsiváis en el centro. Diciembre, 2006. http://www.letraslibres.com/revista/letrillas/carlos-monsivais-en-el-centro.   Consultado 29 agosto, 2012.

Monnet, J. (1990). ¿Poesía o urbanismo? Utopías urbanas y crónicas de la Ciudad de México (Siglos XVI A XX). Historia Mexicana, XXXIX: 3. 1990.

Diccionario del saber moderno: Literatura, desde el Simbolismo al Nouveau roman. Ed. Mensajero. España. 1976.

Paz, O. (1976). El arco y la lira. Fondo de Cultura Económica.

Redfield, R. (1976). El mundo primitivo y sus transformaciones. Fondo de Cultura Económica.

Zaid, G. Sobre la efectividad poética. Revista de Bellas Artes no. 6.  México. 1965.


Obed González (México).

Es investigador y escritor. Director de literatura en la Feria Internacional del Libro en Coyoacán y coordinador de investigació de la Asociación Mexicana de Caricaturistas, Artes y Oficios A.C. Obtuvo el premio Accésit de Investigación Cinematográfica internacional en el Festival de Cine Español de Málaga en 2015.


Fotografía: Cortesía del autor.

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