Trazos supurantes en aguafuerte: Asesino en casa de Guadalupe Elizalde

De Jesús Gómez Morán


Comienzo con una confesión de parte, parafraseando el título del poema con el que arranca este libro, pues a pesar de haber seguido durante ya 30 años más o menos de cerca la trayectoria poética de Guadalupe Elizalde, no había tenido ocasión hasta ahora de expresar alguna opinión ya fuera al paso y a vuela pluma, o fundamentada en algunos apuntalamientos teóricos. Siendo yo refractario a los cenáculos de algún taller de poesía, el sabatino que a mediados de los noventa impartía Lupita en su casa de Cervantes Saavedra se volvió para mí en poco más que una auténtica revelación. Y haber podido abrevar de esa fuente de gentileza y cordialidad, unida a su enorme sapiencia y quizás hasta cándida paciencia, es algo que al día de hoy no había tenido oportunidad de agradecerlas públicamente.

Esta cercanía es la que me permite dar fe de que tanto en su versión original como ahora en su reedición, Asesino en casa está compuesto de cuatro secciones que le dan una cuadratura a la propuesta poética. La primera, homónima del título, es como la recreación del escenario y la relación de hechos; la segunda, “Margaritas envenenadas”, en medio de la acentuación de su denuncia, no deja de ser reveladora por la cualidad lírica de sus versos; la tercera, “Itinerarios y estructuras”, es como la médula de todo el libro, una toma de autoconciencia en la que quizás el reflejo opera como vía de salida, y por último “Asesinos profesionales”, apartado en la que la voz enunciadora se erige en una especie de vocera, consciente de su heráldico oficio.

Vayamos por partes pues. En la sección “Asesino en casa”, el lector queda deslumbrado por la asombrosa variedad léxica unida a luminosidad de imágenes como la de un candado miope o de una aldaba suicida. ¿Pueden imaginarse tales objetos? Todo ello configura un campo semántico ceñido a la idea de clausura, como de un cinturón de castidad que más que enfocarse en el plano meramente sexual lo hace con respecto a su pulso vital. Esa atmósfera de encierro alude a un ejercicio de violencia dentro de una casa donde el mar solo se mira por fuera de las ventanas, uno de los leit motiv de dicha sección.

La sección “Margaritas envenenadas”, si bien es una constante en todo el volumen, bajo mi percepción sería donde la enunciación simbólica se acrisola con doloridos trazos plasmados en aguafuerte por la contundencia de las imágenes escarnecientes a la vez que coloca a la entidad lectora en una especie de shock o nocaut. Versos como “prodigadores de la espina siempre adormilada en mis alforjas” o “el hálito del moribundo despojándose en la cuenta de su cama”,  al tiempo que acarrean una eufonía poderosa fundida con la supuración de una pena evidenciando así una cercanía con el versículo, por lo que anticipo al lector/a que en este libro la enunciación poética se sustenta más en el hexámetro que en la consabida medición silábica de las lenguas romances.

Diría asimismo, como paráfrasis de Ernesto Sábato, que estos versos son un informe para ciegos, ya que haciendo un contrapunto al poema “Manéjese con cuidado”, mismo que lleva como epígrafe la cifra de niños y niñas violadas en las calles de América Latina, habrá que agregar que ese ultraje sucede no solo en las calles, también en el espacio doméstico. O en todo caso podría aventurar la hipótesis de ampliar la significación de esa casa como un territorio extendido de nuestra región subcontinental. Y es que este tipo de implicaciones no son ociosidad mía. Dentro de la prolija inventiva de su autora se despliegan enriquecidos símbolos como los peces abisales y sus ojos, el tigre y su jaula en ciernes de ser domesticada, Heráclito, Penélope, Ícaro, el Minotauro y los mitos adánicos y bíblicos (que en esencia no son los mismos).

Dentro de la tercera sección se van desenvolviendo como círculos concéntricos, dantescos diría yo, o hasta kafkianos por la sensación de que la yo poético nunca sabe bien a bien de cuál crimen es convicta, como si su impacto incidiera por el anverso y el revés. Por ejemplo, en el poema “Los intocables”, por la introspección de la que hablaba (dentro de una de sus posibles lecturas) somos testigos de ese desdoblamiento entre el y el yo que, amén de su procedencia psicológica, tiene un trasfondo lingüístico y recalan en uno de orden filosófico, una aventura de anagnórisis y sondeo de las situaciones desde sus dos aristas, como si la yo que habla fuera la que se quedó atrapada en el espejo de “cualquier charco inverso”, como dice en la sección IV de “Océanida” y no la que contempla dicho reflejo (o quizás ambas a la vez o alternándose), o cuando afirma en la sección II del mismo poema “invierto las agujas” de un  reloj.

En algunas de las sesiones de ese (para mí) mítico taller al que acudimos en casa de Lupita, uno de los fascinantes descubrimientos fue el de los poemas espejo, que formalmente se componen de versos de van de ida y vuelta (una especie de quiasmo estructural) dentro de un mismo texto. Pues bien, eso que parece neovanguardista, o quizás un divertimento como calistenia escritural, en la sección de “Itinerarios y estructuras” que vengo comentando serían más bien una vertiente de un poema espejo semántico-ontológico, por ese mencionado desdoblamiento o inversión recurrente. Un ejemplo más, de índole incluso geométrico por el objeto que es aludido, lo vemos en “Poema de sangre antigua” (dedicado a Carmen Nozal): “se diluye el mandala construido en jirones de vaho en lozas invertidas”, y en esta otra imagen más adelante, “a doble ala −dices− la vida acude a bailar sobre la vida”.

En cuanto a la cuarta sección tengo la impresión de que esa toma de conciencia que antes se dirigió a la persona, lo hace ahora a la escritora, un poco en función de la tendencia dictada por el texto inicial, “Poema de halcón oveja”, alter ego que constituye una especie de quimera o alebrije en el que un poeta es interpelado, en este caso Miguel Hernández, maestro orfebre, “Ícaro de voz y verbo”. Si este poema lleva un epígrafe de René Char, a diferencia de las anteriores secciones dichos epígrafes proliferan incluyendo a Rilke, Villaurrutia y Pound, además de que en algunas composiciones figuran el Quijote, un Fabio que recuerda a la poesía del Siglo de Oro (con Sor Juana incluida, por supuesto) y asimismo se hace mención a la “manía heterotónica del alma”, en el poema “Recuento”, dedicado a Luz del Carmen, referencia que a alguien como un servidor no podía pasar desapercibida, reforzada al ver desfilar auténticos versos heterotónicos (versos en los que dentro de la sílaba tónica se presentan las cinco vocales, provocando una diversidad sonora que rompe cualquier monotonía) como “El ciervo confÍa, apUra relOjes, acompAña su espEcie” o “Un niño de aceitunas repAra y sonrÍe; yO, lUto rupEstre”.

A raíz de todo ello, creo que el cierre del libro resulta un reto a descifrar por el engarzamiento fonético y semántico y, en última instancia, una continuación del oficio talleresco que un día, acaso no tan lejano ahora que lo actualizo al evocar cómo la diosa Fortuna jugó sus cartas para que vientos alisios condujeran mi andar al generoso abrevadero poético de la maestra (con mayúsculas) Guadalupe Elizalde, algo para lo que usted, amable lector/a, pueda comprobarlo me remito a la prueba fehaciente que es Asesino en casa.


Jesús Gómez Morán (CDMX, 1969).

Licenciado, maestro y doctorante en Letras por la FFyL (UNAM). Premio de ensayo de la revista Punto de Partida (1992), autor de los libros Cantar sin música (1991), La consagración de la primavera, Estancias (2002)  Cánticos a Erígona (2018)  y Estación de ángeles (2022). Obtuvo el Premio Nacional de Poesía de la Universidad de Monterrey (2002) y el Premio Nacional de Haiku Juana María Naranjo (2024) con Cabañuelas ar-bóreas.


Fotografía: Cortesía del autor.

Dejar un comentario