De José Ángel Leyva
Este poema dividido en pausa históricas, evolutivas, humanas, discursivas, nacen con toda seguridad de la formación médica de la autora, en diálogo con su perseverante búsqueda en el lenguaje poético. No recuerdo cómo Rosa Aurora se acercó a la revista Alforja. Siempre discreta y sonriente, pero desde una distancia que le permitía observar y absorber las dinámicas de una publicación periódica dedicada a la poesía y a los poetas, bajo la consigna de una supuesta hermandad, pero no exenta de veleidades afectivas y de competencias narcisistas. Así es el mundo de los artistas y el de los escritores, pero en particular de los poetas, que difícilmente tendrán los reflectores en el plano del mercado, pero si de los festivales, los encuentros y hasta del mundo del espectáculo cultural. Alforja era un espacio para dar conocer y divulgar la poesía de otros países, de otras culturas, de otras lenguas y de poetas de distintos orígenes y tendencias sexuales, ideológicas, espirituales. Era, si no la hermandad de los poetas, si un punto de encuentro para reconocer que, en efecto, la motivación de la poesía es la derrota, la claridad de su sentido de inutilidad, su gratuidad e inevitablemente su carácter disidente en los dominios del lenguaje. La poesía, la verdadera, la que no se quiebra aunque se doble, es insumisa por naturaleza, es, además, como dijera Enrique González Rojo, una señora que no hace concesiones a ningún versificador, pues pone en el tiempo a cada autor en su sitio. A muchos los manda al basurero del olvido y a otros, laureados o consagrados en vida, les deja un resquicio en la memoria gracias a un libro, unos poemas y acaso algunos versos. A veces la señora posteridad salvará poemas y versos que ignorará a sus creadores en el dominio del anonimato. Como pensaba José Emilio Pacheco, que la poesía debería de ser anónima, aunque tal vez no lo imaginara para sí.
Rosa Aurora retorna a ese plano lírico, o tal vez nunca se ha ido, para acometer un proyecto tan universal como íntimo, la historia del fuego, que es la historia de la civilización, de la humanidad, de la poesía, de su extinción, de la esperanza. Como médica y como poeta, Rosa Aurora manipula la conciencia de la muerte, la lucidez de la felicidad no como un estado inalterable del gozo, sino como instantes de equilibrio orgánico y mental, de la llamada homeostasis. Esa homeostasis que describe Oliver Saks en Los ríos de la conciencia para referirse a la relación de la mente con el cuerpo, y a la inversa, en momentos desfavorables para el individuo. Sacks estaba a las puertas de la muerte a causa de un cáncer. Al salir al patio del hospital, un rayo de luz le da bienestar y le devuelve la capacidad de reconocer la belleza y el placer de pensar, de sentir el milagro de la vida.
Es pues este un poemario que apela a la homeostasis civilizatoria, a la reflexión de las utopías, comenzando por el mito de Prometeo, el héroe que se sacrifica y desobedece a los dioses para otorgarle el fuego, la luz del entendimiento a los seres humanos. La poeta inicia con la advertencia: “Recuerda / lo que perdiste / cuando se olvidó / en el humo.” Y cierra el libro con una expresión de pesadumbre y desaliento ante la realidad presente: “la guerra total se cierne / sol obscuro / recuerda / antes de la media noche /
Recuerda / el asombro cálido de la primera fogata / y su música / cooperar y cuidarnos / y así no nos extinguimos / encendamos un fuego nuevo dador de vida / no llegamos a este día para matarnos / los unos a los otros / reduciéndolo todo a partículas elementales. “
El sacrificio de Prometeo parece haber sido inútil ofrenda para unas criaturas que recibieron en sus manos la técnica y el conocimiento, pero no la sabiduría suficiente para comprender el valor de ese bien, que se emplea para destruir la naturaleza y eliminar el prójimo.
Rosa Aurora camina peligrosamente por los límites del lenguaje poético, hace malabares y conserva el equilibrio cuando se ve tocada hondamente por esas imágenes de la devastación y el genocidio, por la crueldad extrema y la indolencia total. La vida sólo tiene sentido en el ejercicio del odio. Como lo enuncia Eduardo Lizalde: Grande y dorado, amigos, es el odio. / Todo lo grande y lo dorado / viene del odio. / El tiempo es odio.” (Grande es el odio). Por su parte, Rosa Aurora escribe: “el odio se expandió como la pólvora errante / cegados por el humo de la guerra / surgió una especie de locura / contagiosa de irracional devastación /—/ como si matar fuera ineludible / y no pudiera detenerse el exterminio / fuego cruel y trastornado / onda expansiva de la muerte.”
En esta breve pero audaz aventura lírica, Rosa Aurora aspira con vehemencia la paradoja del milagro, la dualidad del fuego, la contradicción inherente de la vida. El ser humano nace con la muerte a cuestas. Prometeo nos dio el elemento tecnológico y la chispa divina del entendimiento: el lenguaje. Pero con este otorga también el conocimiento de la verdad sobre la muerte, incluso el conocimiento del instante de la caducidad. ¿Cómo se puede vivir sabiendo el momento exacto de la muerte? Los dioses conceden también el olvido de esa fecha para que los hombres puedan vivir sin el agobio de esa verdad funesta. Oliver Sacks diría que el olvido, el escotoma, es un recurso sustancial para la homeostasis existencial. No pensamos que nacimos para la muerte, sino para la vida. Pero hay una insistencia en alimentar la muerte, en convertirla en mercancía. Rosa Aurora insiste en sus versos que el arte y la poesía son tributarios del olvido, de ese inabarcable recurso de donde nacen las palabras, los nuevos significados, la esperanza, la memoria que ha perdido la civilización. En fin, esa Dualidad del fuego. Enhorabuena, Rosa Aurora.

José Ángel Leyva (Durango, México).
Poeta, narrador, periodista, editor y promotor cultural. Dirige la editorial y la revista literaria La Otra, es Jefe de Publicaciones de la UACM y colaborador habitual del suplemento La jornada Semanal y Laberinto, del diario Milenio Ha publicado una treintena de libros de poesía, narrativa, divulgación de la ciencia, periodismo y ensayo. Libros suyos han sido traducidos íntegros al francés, italiano, serbio, polaco y parcialmente al inglés, sueco, portugués, rumano, árabe y turco.
Fotografía: Cortesía del autor.







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