De Grissel Gómez Estrada
Hay acontecimientos en la humanidad que sin duda modifican nuestra percepción de la realidad, nuestro modo de sentir y, en ocasiones, también nuestro modo de ser. Sin duda, la Guerra Civil Española fue uno de ellos, no sólo por el dolor de las muertes (aproximadamente, 600,000, más los acumulados durante la dictadura), sino también por la intensa identificación y empatía con la que los pueblos latinoamericanos miraban la lucha. Intelectuales como Elena Garro, Octavio Paz, Ernest Hemingway, César Vallejo y un largo etcétera fueron una especie de portavoces que miraron con incredulidad y pena los acontecimientos. Al respecto, son famosos los versos de Vallejo “España, aparta de mi este cáliz”. Así, este tremendo recuerdo sigue siendo actual, sigue causando polémica entre el pueblo español.
Asimismo, el hilo conductor principal: la búsqueda de los muertos en fosas comunes, también nos recuerda una pesquisa actual: la de las madres buscadoras en México.
De igual forma es tremenda la pluma de Carmen Nozal quien, desde una perspectiva íntima, desde el dolor de una familia al perder a un miembro amado, dolor que se conserva generación tras generación, escribe sobre la guerra. Hablar del tío asesinado es una especie de sinécdoque, pues al hacerlo, habla de todos los caídos, hombres y mujeres cuyos cuerpos se perdieron.
Se trata de una especie de recorrido simbólico de una voz lírica, insisto, que busca al pariente desaparecido, porque quizá, al encontrarlo nazca el “muerto / que llevo dentro”. Encontrarlo es, al mismo tiempo, encontrarse a sí misma.
El poemario está dividido en cinco partes breves y una posdata. La primera habla de la palabra con que abordar esta desgracia:
Es difícil poner un nombre a algunas cosas,
nombrar, por ejemplo, lo que sucede en una fosa común.
Dirías osamenta, revoltijo, hedor, confusión, olvido,
alguna forma de flor silvestre creciendo silenciosa (19).
La segunda parte se detiene en la batalla específica donde murió el personaje —el tío a quien está dedicado este libro—: la batalla del Monte de Los Pinos, Asturias. La tercera, en el día después: las acciones de los aldeanos, los muertos, la destrucción, el silencio:
El silencio que yo escucho está llorando.
Como a un cerdo lo abrieron en canal.
El silencio está lleno de palabras
que nadie puede nombrar (36).
En la cuarta, se ve a una voz lírica buscando los restos físicos y sus últimos momentos. La palabra de Carmen es dolorosa, impregnada de imágenes sutiles e inteligentes. Finalmente, en la última parte, la voz lírica logra destapar la fosa.
Un símbolo recurrente en el poemario son los ojos. Según el Diccionario de Chevalier: El ojo, órgano de la percepción sensible, es naturalmente y casi universalmente símbolo de la percepción intelectual. Conviene considerar sucesivamente el ojo físico en su función de recepción de la luz; el ojo frontal (el tercer ojo de Shiva); y por último el ojo del corazón, la luz espiritual, que reciben uno y otro (770).
En el libro de Carmen Nozal, el ojo simboliza esto último: la luz espiritual. Por ejemplo: “Cuando cierro los ojos, puedo verlo / malherido, gimiendo bajo el cielo” (21). El cerrar de ojos implica una visión fuera de la realidad tangible, en la cual no importa la participación de la imaginación, sino la espiritualidad capaz de unir a dos seres que no se conocieron, pero están unidos por el lazo familiar.
Parece que los ojos sobrevivieran al cuerpo fragmentado, independientes, resguardan “visiones oscuras”, información del espíritu guardada en ellos, olvidados, aunque con capacidad de recordar:
Los ojos desalmados, deambulantes,
solitarios guijarros del olvido.
Diminutos planetas donde viven
visiones oscuras (22).
De igual forma, estos cuerpos abandonados en las fosas siguen buscando. Estas imágenes son muy fuertes, muy precisas para describir el dolor de los muertos:
si hay manos en otros brazos y brazos
en las espaldas y espaldas sobre pecheras y
ojos buscando el cielo,
ojos bajo los párpados como queriendo tocar las sombras,
caminando como ciegos entre nombres (28).
Al final, una fosa es una suerte de ojo:
Abrir una fosa es también abrir un puño
que se deshace.
Abrir una fosa es abrir un párpado,
un agujero para que entre la luz
y salga el lamento de una gota de sudor (63).
En la posdata, es decir, epílogo, es significativos cómo los restos de los caídos miran “el ir y venir de los turistas”, frase que se repite tres veces. Con ella termina el poemario; constituye también una especie de reproche a la ceguera de los ignorantes del problema, pues, desde mi punto de vista, el turista es un nuevo símbolo. Los gobiernos de las ciudades las componen, adornan para recibirlo, fingiendo que no pasa nada, que todo está dispuesto para su goce, que no hay desgracias ni pobreza ni dolor.
Destapar las fosas, la memoria, rencontrar a los seres amados, perdidos, a través de un lenguaje poético sencillo pero enérgico, tal es el poemario de Carmen Nozal, conmovedor y estrujante.
Grissel Gómez Estrada (Ciudad de México, 1970).
Poeta y académica. Ha publicado los poemarios: Los clavos de fuego de la noche (Premio de Poesía UAM 96), Poemas de neurosis y antineurosis (mención honorífica como segundo lugar en el Premio Nacional de Poesía Efraín Huerta, 1997), Otra vida, La vampira despliega sus alas y Fragmentos de una noche. Publicó su primera novela, Contigo me voy, mi santa, en 2023. Desde 2012, es miembro del Sistema Nacional de Investigadores.
Fotografía: Cortesía de Askari Trejo.






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