Juan Carlos Olivas

Mírame, madre.
Soy un cíclope.
Tengo las palabras petrificadas en las manos.
Quise sorprender a la muerte
escondiéndome en el mar;
pero ella trajo la carne de los hombres
hacia esta aldea cubierta de frutos venenosos.
Todavía siento el celo del padre,
el filo de un puñal en la espalda
que me hacía apresurarme
hasta la entrada del tártaro,
hasta las mazmorras pintadas de blanco
donde nos coronaban de luz y de locura
para luego encadenarnos a una roca.
Fue ahí donde los dioses tuvieron compasión,
pero ya fraguábamos los ídolos de la venganza,
ya nos sumergíamos en las fauces del volcán
para versificar la noche con obsesión de triunfo.
Sin embargo, en esta tierra no estaba el enemigo,
no había de quién vengarse,
y la cólera hervía
en cada entraña de la niebla;
se retorcía en el azufre la palabra.
Fue entonces que vinieron ellos,
los hombres soterrados de mar,
pidiendo ayuda,
hurgando las provisiones terrestres
como si de ellos fuese todo;
pero nosotros anhelábamos la matanza,
hacernos un collar de huesos
para danzar de noche frente a las fogatas.
Y fuimos embaucados por los hombres;
ellos madre, me dieron de beber
el vino de las uvas agrias de mi padre
y agitaron salterios,
cantaron canciones llenas de nostalgia,
todas ellas hablaban de un regreso,
de una piel suave y clara
que aún los sigue esperando.
Y de mi ojo blasfemaron las lágrimas,
cada copa me embriagaba más y más,
y caí en el ensueño profundo de las cuevas,
soñaba contigo,
con el lecho perfumado de las ninfas derruidas,
con los pájaros de la antigua Sicilia almidonada.
Ya no tenía miedo al cruzar por sus calles
ni al elevar una manzana a mi boca
ni de llevarme la cosmovisión de los seres al pecho,
como si fuesen míos,
como si fuese el Dios que exhalaba crepúsculos
en las pinceladas de los viejos maestros.
Todo era apacible,
pero me despertó esa daga
que incrustaron en mi ojo,
a tientas perseguía sus voces con ira,
me tropezaba con fonemas
cayendo de mis manos.
Y los hombres malparidos
emprendieron su huida allende el mar,
a sus pueblos de fragatas mercantes,
a sus mujeres de pieles suaves y claras,
a sus perros que los reconocían al llegar.
Fue creciendo la noche de mi odio
hasta inundarme de claveles oscuros esta vista.
He envejecido,
los niños me tiran piedras y se ríen,
solo las moscas me protegen del frío.
Si pasas por esta playa, madre,
si por casualidad bajaras de tu barco
y pusieras tu pie en estas arenas,
recuérdame mi nombre,
enséñame de nuevo a sopesar el fuego,
descríbeme su danza,
entréname una vez más
para matar al hombre con palabras.

Del libro Contra un cielo pintado (EUNED, 2021). 


Juan Carlos Olivas (Costa Rica, 1986).

Ha publicado más de una decena de poemarios, entre los que destacan Bitácora de los hechos consumados (2011) por Premio Nacional Aquileo J. Echeverría de poesía 2011 y Premio de la Academia Costarricense de la Lengua 2012. En honor del delirio (2017) Premio Internacional de Poesía Paralelo Cero 2017, El año de la necesidad (2018), Premio Internacional de Poesía Pilar Fernández Labrador, y Contra un cielo pintado (2021).


Fotografía: Cortesía del autor.

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